Leonardo Bolla*
El sector agroindustrial ha entrado en 2026 navegando una tormenta perfecta. No es una novedad que el productor local convive con la resaca de un «Costo país» que no da tregua, pero hoy, ese lastre interno se encuentra de frente con un colapso en el corazón de Oriente Medio.
La ecuación es tan simple como alarmante: mientras el mundo demanda alimentos, producir a nivel se vuelve una carrera de obstáculos contra un Estado “pesado” y un mercado global desquiciado por la guerra.
El reclamo que recorre las gremiales agropecuarias es unánime y urgente: hay que enfrentar el aparato del Estado. El agronegocio está operando con un freno de mano puesto. Los altos costos de producción, impulsados por una estructura de tarifas y combustibles que parecen ignorar la realidad del mercado, están devorando los márgenes de rentabilidad.
A pesar de que los precios de los productos agrícolas han tenido destellos de alza, la realidad es que el «margen neto» es hoy un espejismo para muchos. La falta de una desregulación valiente han convertido al Uruguay en una plaza cara para producir y menos atractiva para invertir.
Como si la presión interna no fuera suficiente, el conflicto entre EE.UU., Israel e Irán ha puesto al mundo en vilo. El cierre «de facto» del Estrecho de Ormuz ha dejado de ser una amenaza geopolítica para convertirse en un golpe directo al bolsillo y las economías. Por este paso transita el 20% del petróleo mundial, y con el Brent superando la barrera de los 100 dólares por barril, la logística y el flete en Uruguay se vuelven prohibitivos.
Este escenario empuja a la Reserva Federal a endurecer las condiciones financieras, ajustando el crédito global y forzando a los inversores a encontrar otros refugios. A nivel local, esto significa un acceso al capital más costoso en el momento en que más se necesita para financiar las próximas zafras.
El Estrecho de Ormuz es el cuello de botella para el 35% del comercio global de urea. En apenas una semana, este insumo clave registró un alza considerable.
Dicha “reacción en cadena” de costos de insumos plantea que el fertilizante llega tarde y a precios de pánico, a lo cual se agrega la caída de rindes.
La inflación alimentaria plantea el riesgo de un resultado final con un aumento drástico en el precio de los alimentos al consumidor.
Si bien, Uruguay no puede controlar lo que sucede en el Golfo Pérsico, pero sí puede —y debe— controlar su propia estructura de costos. No podemos pretender que el agro sostenga la economía mientras se le obliga a competir con una mochila cargada de ineficiencia estatal y combustibles a precios de lujo.
La crisis de suministros en el Hemisferio Norte y la disrupción en Ormuz son advertencias claras. Si no desregulamos y aliviamos la carga sobre el motor productivo ahora, el país corre el riesgo de quedar como un espectador pasivo y empobrecido en un mundo que lucha por su energía y su pan. *Director de Agromedios