Andrés Contatore, director Cuatro Hojas
La inclusión de la colza en la rotación agrícola se consolida como una barrera biológica clave para proteger los cereales de invierno. Esta estrategia no solo rompe el ciclo de plagas y malezas logrando rendimientos prometedores, sino que se transforma en la principal herramienta de los productores para amortiguar el impacto de un mercado marcado por la fuerte volatilidad en los precios de los granos y el costo de los insumos.
La combinación de la colza con gramíneas tradicionales como el trigo y la cebada está demostrando ser una decisión agronómica de alto impacto. Al actuar como un «escudo sanitario», esta oleaginosa interrumpe la proliferación de hongos patógenos en el suelo mediante la liberación de compuestos naturales. Asimismo, su raíz pivotante profunda descompacta el perfil de la tierra, optimizando la absorción de nutrientes y permitiendo la rotación de familias químicas de herbicidas para limpiar los lotes de malezas resistentes.
A pesar de los desafíos climáticos de la campaña, las estimaciones de productividad mantienen expectativas muy positivas. Los especialistas del sector destacan que el beneficio económico es doble: por un lado, se obtiene una cosecha directa de colza con excelentes proyecciones y, por el otro, se genera un salto de rendimiento en los cereales que la suceden, los cuales aprovechan un suelo notablemente más limpio, nutrido y estructurado.
El principal obstáculo para el productor radica actualmente en la inestabilidad de las variables financieras, enfrentando márgenes muy ajustados. El negocio se encuentra bajo la doble presión de cotizaciones internacionales con oscilaciones bruscas y costos de fertilizantes y defensivos agrícolas altamente variables. Ante este escenario de incertidumbre, los analistas coinciden en que la gestión del riesgo comercial —mediante el uso de herramientas de cobertura, mercados de futuros y ventas escalonadas— es hoy tan crucial para el éxito de la campaña como el propio manejo técnico a campo.